Thu 12 Jul 2007
Resulta que en mis manos, por casualidad, cayó una entrada para el preestreno de una nueva entrega de la saga del cebérrimo señor mago menor de edad. De esas entradas que patrocinan una serie de emisoras de radio y cuya gratuidad, evocan masas, a pesar de que lo que haga con la varita ese jovenzuelo les de igual.
La función no se hizo de rogar y esperando la habitual cola que se forma en este tipo de eventos, entre los niños desquiciados, posiblemente intoxicados de glucosa por la espera, una señorita de pronunciado escote se habría paso dándonos un papel intimidante sobre lo tanto que pierde la industria del cine y lo cabrones que somos los usuarios de a pie. Un detalle pensé, prensa sensacionalista como la que leo en el baño para hacer tiempo.
De repente, mi mente evoco retazos de películas carcelarias, cuando aquel escote, comenzó de nuevo a recorrerse la fila entregando pequeñas bolsas usadas en paquetería, para portar documentación de los envíos. En dichas “bolsas de seguridad”, había que portar “móviles, ipods, mp3 … todo, sino no pasáis” auguraron aquellos pechos. La cara de estupefacción recorría desde ese padre con traje y corbata metido en aquel sarao por acompañar a su hija, viendo como tenía que dejar su BlackBerry en aquel condón, hasta esa joven, cuyos dedos están tan adaptados a esa matríz de nueve por nueve, que prefiere amputarse una extremidad no superior antes de que le quiten ese trozo de silicio.
Antes de entrar, me deshice de todos los cacharros que suelo portar (que no son pocos), dejándolos a buen recaudo. PDA, móvil e iPod, durmieron a unos metros de allí. Esta acción, de vuelta al pleistoceno digital, me dotó de una cierta libertad que el resto del público no tenía.
Una vez tras la primera puerta, pude ver como uno a uno, dejaban la bolsita, en un mostrador, a cambio de un papel con un número. Y cuando me refiero a un papel con un número, me refiero a eso exactamente. Un papel y un número como los que nos daban en la mili que diría alguno. Los de la carnicería hubieran dado más glamour a aquella epopeya. Por su puesto, sin inventariar lo que se dejaba ni nada por el estilo. Ningún teléfono que “estaba de guardia” ni aquel otro que rezaba “como lo pierdan, os denuncio… es mi trabajo” consiguieron traspasar el umbral.
No contentos con crispar a la gente, antes de entrar a la sala de cine la última prueba: un arco detector de metales, con el agente accesorio, con su versión en pequeño y “porrizada” de aquel aparato. Como nota a favor, no ha sido tan denigrante como viene siendo costumbre últimamente en los aeropuertos, pero si bastante incómodo, cuando portas una cocacola extra grande y te pita no se que atrás: Las temidas monedas del cambio o el envoltorio de la chocolatina, que juntas, son capaces de grabar video en alta definición.
Después de que una gran empresa y patrocinadoras, me deleitaran con semejante paripé, casi no me hacía falta película.
A la salida del evento, eran de esperar las hordas de gente lanzadas a la recuperación de sus pertenencias. Unos bien había perdido el dichoso papel, bien le habían perdido la bolsa. Increíble. Cuando ya me iba, me fije en las consignas habilitadas que sugería la entrada: cinco cajas de cartón con todos los móviles apilados, como listos para ser vendidos al peso. Se de gente que tiene verdadero apreció a su móvil, como para que alguien lo trate así, allí había unos cuantos… justo al ladito de unos rezagados, a la espera de que apareciera su móvil entre aquel amasijo de comunicadores.
Como siempre siguen dando palos de ciego y haciendo el ridículo, sin ver que acciones como esta, no están haciendo otra cosa que ir contra ellos. Y es que equiparar coger un avión con ver una película me parece extremista y radical. Visto lo de hoy es más fácil y rápido lo primero, pues ha durado lo mismo la película que el acceso a ella.
Debe ser la primera vez en tiempo que voy al cine y no oigo un móvil. Y es que algo bueno tenía que tener el talibanizar hasta el acomodador, que ahora portan hasta visores nocturnos.
¿Hasta donde llegaremos por este camino?
David Bravo lo plasma con su mejor pluma aquí. Gracias David.




